ESTÁS ESCRIBIENDO TU EVANGELIO. ¿LO SABÍAS?

 

EVANGELIO DE SAN LUCAS 1, 39-45

A los pocos días del anuncio del ángel, María fue de prisa a un pueblo de la región montañosa de Judea.

Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. Cuando Isabel oyó el saludo, el niño saltó de alegría dentro de ella.                     Isabel, llena del Espíritu Santo, le       dijo entusiasmada     a María:

¡Dios te ha bendecido más que a todas las mujeres!    Y también ha bendecido al hijo que tendrás. ¿Por qué has venido a visitarme, tú que eres la madre de mi Señor? Tan pronto como oí tu saludo, el bebé saltó de alegría dentro de mí. ¡Dichosa tú que has creído!      ¡Lo que te ha dicho el Señor, se cumplirá!

CARTA A LOS HEBREOS 10, 5-7

Cuando Cristo vino a este mundo, le dijo a Dios:

«Tú no pides sacrificios rituales ni ofrendas                                 a cambio de tu amor.
Pero me has dado un cuerpo.

Por eso te digo:
“Aquí me tienes, para hacer lo que Tú quieras”.

 

COMENTARIO AL EVANGELIO                                                                1.—María fue de prisa a un pueblo de Galilea…                                   La escena es de lo más normal y de lo más habitual. No sucedió en un día especial. Fue a los pocos días de… Una muchacha hace su hatillo con algo de ropa y comida y se echa al camino. Va de prisa hacia un pequeño pueblo. Va a visitar a una pariente anciana. Va con el deseo de echar una mano. Lo dicho: lo más normal del mundo. Eso que todos hemos hecho multitud de veces sin darle ninguna importancia, porque el asunto no parece tener nada de especial. Y, sin embargo, esto lo estamos escuchando hoy en el Evangelio. Este hecho es tan de Dios, tiene tanta hondura, que San Lucas lo vio muy importante, y lo incluyó en su Evangelio.                      ¿Cuántas veces hemos pensado que nuestro vivir es pura rutina, sin hondura, que todo es tan normal, que no merece que nadie se fije, o que no merece darle importancia? ¿Y si muchas de las cosas que hacemos todos los días tuvieran “grandeza” suficiente que merece la pena incluirlas en el Evangelio? ¿Y si, escuchando el “evangelio de ayer”, cayéramos en la cuenta que nosotros estamos escribien-do “nuestro evangelio de hoy”? Ya vemos que no hay que hacer cosas especiales y grandiosas. O, mejor dicho: nuestras pequeñas cosas son muy especiales. Hacer una visita… puede ser un asunto muy de Dios. Lo pequeño, puede ser muy grande. Lo sencillo es una maravilla. Lo vulgar puede ser muy especial. Quizás tendríamos que empeñarnos en descubrir el valor inmenso que tienen nuestras pequeñeces de cada día. Y seríamos conscientes de estar constru-yendo Evangelio, Reino de Dios, a nuestro alrededor.                         Y es que Dios ha hecho opción por lo pequeño, por lo sencillo. Nuestros lujos, nuestros oropeles, nuestras grandezas… nos colocan fuera del camino por donde Dios camina. En Navidad lo vemos claro: una muchachita de un pueblo pequeño. En Belén, no en la capital. Pero Belén parecía todavía mucho: “no había sitio para ellos”. En un portal. Se enteraron sólo unos cuantos de los que vivían en los márgenes de la vida. La hondura de Dios hay que buscarla en el fondo. El que mira la superficie, no lo encuentra.

2.—En cuanto oí tu saludo el niño saltó de alegría en mi vientre. ¡Qué serios nos hemos puesto, qué “estirados”, qué “normales”…! ¡Qué especialistas somos en malos agüeros, en ver lo negativo, en ver venir las catástrofes! Y el Evangelio es una oferta para la alegría y la esperanza. Juan el Bautista capta, escucha la música del saludo de María y de quien viene con ella, y, en el vientre de su madre, se puso a dar saltos de alegría.                                                                       La escena es preciosa y sugerente: una muchachita, una vieja, y dos niños aún por nacer, envueltos en una atmósfera de entusiasmo y alegría. Y el Espíritu Santo los llena a todos para que la alegría fuera “alegría de Dios”, y los piropos y las felicitaciones fueran “piropos y felicitaciones de Dios”.                                                                           ¿Por dónde se nos ha perdido la alegría a los cristianos en la Iglesia? ¿Por dónde se te ha perdido tu alegría? ¿No estará la seriedad y el ritualismo secándonos el corazón e incapacitándonos para la alegría? ¿Dónde encontrar un cristiano que salta de alegría porque Jesús se le acerca? ¿Nos hemos confesado alguna vez por nuestra falta de alegría?                                                                          3.—Dichosa tú porque has creído…                                                            A María la vida se le ha complicado mucho. Dios la llenó de Luz, pero ella se mueve en las sombras: José piensa en repudiarla y seguro que ella se lo nota. Su familia, la gente de Nazaret…, seguro que ella lo percibe ¿Y su por-venir…? ¿Por dónde la llevará Dios? ¿Qué será de aquel Niño del que hay tantas cosas escritas en los libros santos? Seguro que “su Niño”, tan de Dios y tan suyo, ya la está “trabajando” desde dentro. Qué bien nos descubre hoy la carta a los Hebreos cómo hay que colocarse delante de Dios. Lo que Dios quiere no son los sacrificios de animales que se ofrecen en el templo, ni las ofrendas de lo que podamos darle, porque ya todo es suyo. Dios quiere la ofrenda de nuestra voluntad, de nuestra confianza total en su sabiduría y en su amor. ¿Lo que hay que hacer y decir?: “Aquí estoy para hacer tu voluntad”. “Aquí está la esclava del Señor…” Eso es creer. Eso la hace dichosa. Pero seguro que María lo tuvo que rumiar y repetir todos los días de su vida.

ORACIÓN                                                                                                     Hola, mi amigo. Ya sabes que la rutina, cuando saludamos a alguien, es preguntarle: ¿cómo estás? Y, preguntártelo a ti es un poco especial o difícil. Y es que no sé cómo juntar el saber que ya estás disfrutando de la plenitud de Dios y, al mismo tiempo eres cabeza de esta Humanidad tan herida por tanto. Y, porque nos amas, ¡y de qué manera!, si algo nos duele, a ti te duele. Es aquello del evangelio de que tienes hambre en el que tiene hambre, y estás enfermo en el enfermo y en la cárcel en cada preso, en el forastero…                   ¿Ves? No consigo hilvanar una cosa con la otra.                                               Me ha gustado, y me está haciendo bien, lo que estos días he des-cubierto: que el Evangelio está sucediendo cada día a nuestro alre-dedor. Que no sólo es un libro que leo o escucho de cómo el Evan-gelio sucedía a tu alrededor ayer. Es el Evangelio sucediendo hoy, aquí, y que yo soy protagonista del mismo. Sin ti es imposible, pero contigo siempre está sucediendo. Y lo más importante: No hay que hacer cosas grandes, esas que nosotros casi nunca podemos hacer. Bastan las pequeñas cosas de cada día, esas de las que nuestros días están llenas. Eso sí, hay que echarle mucho amor y mucha lucidez.    Me acuerdo que tú nos dices: “ni un baso de agua dado con amor se olvidará en la plenitud del Reino”.  Y evangelio es también una viejita poniendo dos pequeñas monedas en la alcancía del templo. Eso sí, con mucha confianza en Dios.  ¿quién me iba a decir que salir a la calle a hacer una visita, acercarse a una anciana que nos necesita, felicitar a alguien por algo bueno, bendecir a Dios por su sabiduría y cuidado, sonreír, escuchar, acoger… es evangelio sucediendo ahora? Tú estabas allí, tú te “gozaste” aquel encuentro. Mejor dicho: tú eras el motivo de tanta alegría. Por cierto, ¿Te llevó María o eras tú el que ya la llevaba a ella? Y el Espíritu Santo “se volvió loco” repartien-do entusiasmo y profetizando.                                                                  Jesús, amigo, haznos ver la grandeza de nuestros pequeños asuntos. Y que la alegría rebose en nuestro vivir, porque vienes siempre, porque nos llevas al hermano, porque nos revelas al Padre, porque nos amas. Gracias. Gracias. ¡Bendícenos!               AMÉN.