En ocho densos y bien pensados capítulos y unas enjundiosas conclusiones, explica el pensamiento de la Iglesia sobre el problema de las migraciones, el refugio y la integración
El 16 de octubre de 2017, con motivo del Día Mundial de la Alimentación, el Santo Padre cursó una visita a la FAO, en Roma. En el atrio del palacio que alberga esa entidad onusiana, el Pontífice se detuvo ante una imponente escultura de mármol que representa a Aylan Kurdi, un niño sirio de tres años de origen kurdo que pereció ahogado, junto a su madre y a su hermano de cinco años, en la playa de Bodrum, en Turquía, a comienzos de septiembre de 2015. Tallada en mármol blanco de Carrara, fue el acertado regalo que Francisco donó a la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura con ocasión de dicha jornada Internacional. Su autor, el artista trentino Luigi Prevedel, le puso el título: La muerte y el llanto. Se entiende que lo hiciera, porque, junto al pequeño refugiado sirio muerto, se encuentra un ángel alado, que solloza desconsoladamente por esa tragedia.
Las lágrimas del ángel, criatura de Dios puramente espiritual, dotado de inteligencia y voluntad para proteger y cuidar la vida, expresan su desgarro dolorido ante el drama de una humanidad que no logra dar respuesta, dijo el Papa ante los representantes de las naciones convocados aquella mañana, a muchedumbres de personas dispuestas a arriesgarlo todo porque carecen del pan cotidiano, o padecen la violencia o el cambio climático, a tantos emigrantes y refugiados que se ven obligados a dejar su patria y «se desplazan hacia donde ven una luz o perciben una esperanza de vida».
«No podrán ser detenidas por barreras físicas, económicas, legislativas, ideológicas. Solo una aplicación coherente del principio de humanidad lo puede conseguir. En cambio, vemos que se disminuye la ayuda pública al desarrollo y se limita la actividad de las instituciones multilaterales, mientras se recurre a acuerdos bilaterales que subordinan la cooperación al cumplimiento de agendas y alianzas particulares o, sencillamente, a una momentánea tranquilidad. Por el contrario, la gestión de la movilidad humana requiere una acción intergubernamental coordinada y sistemática de acuerdo con las normas internacionales existentes, e impregnada de amor e inteligencia. Su objetivo es un encuentro de pueblos que enriquezca a todos y genere unión y diálogo, no exclusión ni vulnerabilidad», añadió.
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