En el mes de junio del año 325 tuvo lugar el primer Concilio ecuménico, el de Nicea, convocado por el emperador Constantino. Entre los muchos temas tratados, que intentaremos abordar brevemente, dos en particular han pasado a la historia: el Credo que, con varias modificaciones, se convirtió en la profesión de fe oficial de toda la cristiandad, y la decisión de unificar la fecha de la celebración de la Pascua. Esta conmemoración de los 1700 años del Concilio de Nicea se ha convertido en una ocasión para desarrollar nuevas líneas de estudio.

Según la historiografía tradicional, hacia el año 320 el presbítero Arrio, en un encuentro del clero alejandrino con su obispo Alejandro, habría negado la divinidad del Hijo de Dios, sosteniendo que había sido creado de la nada antes del tiempo y de la eternidad, como la primera y más excelsa criatura de Dios. Por lo tanto, también era mutable y podría haber pecado; sin embargo, no lo había hecho, porque Dios le había concedido la gracia de no pecar, conociendo de antemano su firmeza y piedad[1]. Al parecer, el contexto de la disputa lo constituía un problema que existía desde hacía tiempo en la Iglesia de Alejandría, a saber, el contraste entre los filo-monarquianos, preocupados hasta tal punto por no separar al Hijo del Padre que no lograban expresar la fe en la personalidad propia del Hijo, cayendo en un monoteísmo extremo, y ciertos teólogos, fieles a la tradición de Orígenes, que subrayaban la diversidad entre las Personas divinas, corriendo el riesgo de caer en el triteísmo.

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