En Saint Louis, al norte de Senegal, la construcción de cayucos es uno de los negocios más arraigados entre la población. Sus colores llamativos y su estructura dicen mucho de sus propietarios, de su profesión y de sus objetivos. Pescadores y migrantes comparten espacio y un futuro incierto.

Mamadou está apoyado sobre una banqueta de madera. Mira su obra de arte. El joven, de no más de 30 años, camina encima del fango que se ha creado a orillas del canal que separa la parte más turística de la isla de Saint Louis (Senegal) de la lengua de la playa de Ndar Toute. Con las manos salpicadas por la pintura blanca y roja, recorre con una brocha gorda la parte más baja de una de las barcazas que colorean los ríos, las playas y el mar senegalés. Aunque queda mucho trabajo por hacer y Mamadou es uno de los pocos que practican este oficio, le puede la ilusión. «Es un honor ser pintor. En esta ciudad no somos más de diez en total», cuenta con orgullo.

Mundo Negro