Testimonio de Elisa Montes, delegada de Manos Unidas Jerez.

Recientemente recibí el encargo de presidir la delegación de Manos Unidas de la Diócesis de Asidonia-Jerez y, con una mezcla de alegría y temor a lo novedoso, emprendí un camino que, en estos pocos meses, me ha ido descubriendo la grandeza de servir a los más desfavorecidos de nuestro mundo. No me canso de repetir que, en el trabajo por los demás, siempre se recibe mucho más de lo que se da.
Cuando profundizamos en las causas del hambre y la pobreza, el primer sentimiento que nos invade es la vergüenza y una cierta sensación de fracaso de este mundo nuestro, tan lleno y tan sobrado de bienes. Pero, una vez superado este primer impacto, desde nuestro corazón surge esa necesidad imperiosa de «hacer algo».
Y qué cosa más grande, tengo el privilegio de poder contribuir desde mi diócesis a la tarea maravillosa de Manos Unidas. Porque todos los voluntarios y colaboradores tenemos alma misionera y acompañamos con nuestra oración y nuestro tiempo a los desfavorecidos y a quienes trabajan por su bienestar. Hasta esos rincones del mundo no llegarán nuestros pies ni nuestras manos pero sí nuestros corazones.